Sobre mí

En la cocina suena una música distinta cada día. Hoy el ritmo rápido, acompasado y ligero de un cuchillo delgado haciendo pequeños los tonos de la fruta de su tierra, son el metrónomo sobre el que Sandra sabe sin saber como lo hace, escoger los colores del olor, pintar las comidas y hacernos entrar hambre de vivir a través de su fotografía.

Musita las canciones y se mece de armario en armario de la cocina, abriendo cajones y danzando ante la mirada de Mateo y el pequeño Martín, que son los que le dieron su lugar en el mundo. Dice que cuando su cuerpo se multiplicó, le llegó la calma para saber mezclar con las manos los recuerdos que había almacenado en su estómago a lo largo de su vida. Una vida bien vivida, llena de siestas del desayuno, de libros, de locuras y de razones.

Y de sinrazones también. De largos años estudiando una lengua dulce que la llevaría a la escuela literaria de Baricco en Turín, donde todas las libretas en las que había anotado sus pensamientos -esos que a día de hoy confiesa que le da vergüenza leer- encontrarían la salida al mundo. Un mundo que se le hacía vasto y fascinante y que hoy aún sueña conquistar, esta vez con libros de recetas bajo el brazo, la cámara al cuello y de la mano de sus niños.

Sandra nos cuenta mucho diciendo poco, porque sabe, como la escritora que quiso ser, que las palabras son demasiado pequeñas para un corazón tan ancho. Habla lo justo porque entiende como poner los descansos donde los demás ponemos solo ruido. Conoce el valor del silencio, y el valor de la risa. El olor del amor que humea desde el puchero de la cocina, y el tacto del salitre de su playa de arena negra favorita. Sabe que la vida se sirve en platos pequeños, y que ella necesita un mendrugo de pan para las esquinas. Come por los ojos, y es con ellos que nos muestra lo que hay dentro de su pequeña cocina.

Una amiga